sábado, 21 de octubre de 2006

La vida en negro

Cuando Juaco murió sepultado bajo toneladas de carbón, yo morí enterrada en su ausencia con apenas veinte años. Me envolví en telas negras y en días negros. Sólo mi pequeño Jamín me mantenía despierta, sus manitas hambrientas apretando mis pechos eran los únicos hilos que me unían con la vida. Pasamos los años siguientes en soledad, Jamín y yo. Vivimos en silencio hasta que sus primeras palabras me dieron fuerza para quitar las enormes cortinas negras que aislaban mi dolor. Así dejé, por primera vez en dos años, que entrara un poco de luz y aire fresco en casa.

Diez años tras la muerte de Juaco, me volví a casar, ante la mirada atónita de los vecinos. No aceptaban que las viudas quisieran vivir. Para ellos quedaban condenadas a la oscuridad al morir sus maridos. Pero yo quise vivir, por Jamín y por mí. Y Germán me ofrecía amor, me abría la puerta a la felicidad, sensación que apenas conocía, tras diez años dedicada a la crianza de mi hijo, las labores de la casa y de la tierra.

A partir de la boda, la casa tornó en un remanso de dicha y color. Germán quería al guaje como si fuera suyo, y a mí me cuidaba y me amaba cada día. El luto quedó relegado al fondo del armario. Yo era feliz, sólo una sombra nublaba mi tranquilidad. Germán estaba obcecado en trabajar en la mina para así ganar un poco más de dinero. Yo no tenía valor para oponerme, no era capaz de explicarle que bastante había perdido cuando Juaco me dio un beso aquella mañana para entrar luego en su tumba por su propio pie. Así fue como empezó mi calvario. Cada mañana al despedirme de Germán, me aferraba a su cuerpo desesperada, convencida de que no volvería a verlo. Lloraba, suplicaba, pero él me aseguraba que no le iba a pasar nada, y yo, mordiéndome el labio inferior de angustia, le observaba alejarse por la cuesta que llevaba a la bocamina.

Así pasaron los años. Hasta que una tarde eran ya más de las siete y Germán no regresaba. Los demonios de mi interior empezaron a carcomerme la paciencia. Me puse mi viejo abrigo negro y salí corriendo en busca de noticias. La gente se arremolinaba en la entrada de la mina. No había estado tan cerca de aquel lugar desde lo de Juaco. Se me antojaba que entraba en un cementerio empeñado en engullir todo lo que yo quería. Cuando alcancé al grupo, ya estaba temblando. Vagamente oía las explicaciones que me daban, mientras me sujetaban. Que si hubo un accidente, que si ya está dentro el equipo de rescate, que ya verás que tu marido está bien. Eso decían sus labios, más sus ojos me miraban no sé si con pena o con temor.

Volví a casa como pude, abracé a Jamín, le dije que fuera a casa de los güelos a pasar la noche, y que lo quería mucho. Busqué en el fondo del armario las cortinas negras que había guardado hacía tanto tiempo. Las anudé unas a otras en el establo. Las colgué de una viga e hice un lazo en el otro extremo, me subí en una silla, y me coloqué la oscura soga alrededor del cuello. Recé por mi hijo, por Germán. Y por Juaco. Salté. Primero sentí dolor, angustia, la falta de oxígeno. Cuando empezaba a perder la conciencia, se abrió la puerta del establo y apareció Germán, teñido de negro, que gritaba: “¿Qué has hecho? No me dejes…” Quise pedirle perdón, pero ya no pude hablar.

martes, 19 de septiembre de 2006

viernes, 1 de septiembre de 2006

La doble vida de Medardo

Medardo Requena tenía el poder de transformarse en caballo a voluntad. Ya bajo su apariencia humana llamaba la atención su largo y morrudo perfil, similar al de los équidos, y su corpachón desgarbado. No menos su forma de caminar, como si trotara. Estaba compinchado con un tal Mouriño, gallego de Orense, quien había practicado sin fortuna la emigración a América. Juntos recorrían las ferias de ganado y Requena, transmutado en brioso corcel, era vendido por Mouriño al mejor postor. De noche, una vez en el establo, recuperaba su forma humana y salía de allí andando tan campante. Si lo sorprendían dentro de la cuadra, desnudo, hacía como que se había perdido, y su aspecto era tan extraño e inquietante –especialmente si aún no se había completado la transformación– que enseguida lo dejaban marchar sin pedirle más explicaciones.

Medardo Requena se confesaba harto de aquel tipo de vida, de ir de aquí para allá, sin tener un hogar, esposa ni hijos, estafando a la gente honrada. Pero las ganancias eran tan sustanciosas que Mouriño lo convencía siempre de dar un nuevo golpe antes de retirarse. Llevaban ya un decenio trabajando juntos, cuando un año, en Medina del Campo, tras haber cerrado trato con un ganadero de Osuna, Mouriño esperó en vano a que Requena apareciera en el lugar convenido. Fue a los establos, temiendo que hubiera ocurrido cualquier contrariedad, y comprobó con estupor que su socio seguía allí, pero aún bajo la apariencia de un caballo. Cuando le preguntó qué diablos pasaba, Requena agitó las crines, piafó alegremente y, con un movimiento brusco de cabeza, señaló a una yegua que comía heno a sólo diez metros de donde se encontraban. Como Mouriño pareciera no entender, Requena dibujó en el albero, con su casco aún sin herrar, la torpe forma de un corazón.

Manuel Moyano, El oro celeste. Xordica, Zaragoza, 2003

lunes, 31 de julio de 2006

Bismillah

I

Carla estaba hecha un ovillo sobre la cama. Temblaba y sollozaba de manera lastimosa. Su dolor no era físico ni tenía remedio. Ella sabía que era demasiado tarde. No había sido fuerte, y ahora estaba podrida. Se levantó arrastrándose. Cabizbaja, encendió un cigarro.
- El último - pensó.
La bañera estaba rebosando. Dejó el cigarro en el cenicero, mientras se cortaba las muñecas con una cuchilla de afeitar. Mientras el agua se teñía de rojo, Carla acabó el cigarro y se durmió.

Qismah estaba arrodillada ante una sencilla sepultura en un cementerio a las afueras de Beirut. Escondió la cara entre sus manos en busca de consuelo.
- Bismillahi ar-rahmani ar-rahim - repetía.
Se sentía tan sola... Echaba de menos a su madre, muerta un año antes a manos de su padre. Era la primera vez que visitaba su tumba desde que murió. En cierta manera, la odiaba, por haberla dejado sola en un mundo al que no pertenecía por completo. Qismah detestaba su nombre (“destino ordenado por Dios”) ya que no se sentía árabe, ni tampoco española. Sola en medio del desierto, se preguntaba dónde estaría su lugar. Tenía sólo 16 años.

II

- ¿Cómo te llamas? - le preguntó el chico de rasgos árabes, sobresaltándola. Estaban solos en el jardín. Los demás estudiantes tenían clase de tarde. Aunque se habían visto en la escuela durante aquella primera semana, no habían hablado antes. Carla se sorprendió al sentirse tan cómoda a pesar de las dificultades que aún tenía para expresarse en inglés. Aquel verano en Inglaterra por fin aprendería.

Tras aquella conversación, una voz interior le advirtió traicionera: “cuidado, Carla, que este chico puede hacerte perder la cabeza”. En los tres años que llevaba con su novio nunca se había sentido tentada. Siempre se había considerado incapaz de engañarle.

Las semanas pasaron raudas. El amor la trastornó. La envolvió por completo. Aunque en los primeros acercamientos entre Ahmed y ella, Carla dudaba, daba marcha atrás y luchaba contra las sensaciones que estaba descubriendo, llegó un día en que no podía imaginar lugar mejor que entre los brazos de Ahmed. Sola en un pueblo inglés, dentro le nació una nueva Carla. Él le hablaba de estrellas, del destino, de malaika, de sus antepasados beduinos. También discutían sobre religión, sobre la represión de la mujer en su mundo. Ella se sentía renacer a su lado, a pesar de la barrera idiomática, era más sincera con él de lo que antes había sido con nadie. No sólo estaba enamorada: también se sentía libre.

Un mes después, el calendario la devolvió a la realidad. Tenía su billete de avión de vuelta a Madrid en el fondo de un cajón. Al tomarlo entre sus manos, un escalofrío se apoderó de ella. Su novio la esperaba en casa. Pero su cuerpo y su alma estaban impregnados de Ahmed.

Él no quería acompañarla al aeropuerto. Quedaron en verse a las ocho de la mañana en la estación. Tendrían una hora antes de que el autobús saliera hacia Gatwick. A las ocho y media, Ahmed no había llegado. Sin pensar, Carla echó a correr hacia la casa de la familia inglesa con la que Ahmed se hospedaba. La tensión era enorme. Notaba cómo latían las venas de su cabeza. Era consciente de que, en aquel preciso instante, estaba viviendo un momento crucial de su vida. Era protagonista y directora de aquella historia de amor que acababa.

Cuando llegó a casa de Ahmed, quedaban quince minutos para que el autobús partiera hacia el aeropuerto. Ahmed estaba encerrado a cal y canto en el cuarto de baño. Carla le llamaba a voces, sin importarle la familia inglesa, que revoloteaba a su alrededor farfullando.
- ¿Qué hacías? Voy a perder el autobús - le preguntó ella cuando, al fin, salió.
- Ya sabes, al-wudu, antes de ver a nadie por la mañana, debo realizar las abluciones - contestó él, abrazándola mientras la besaba en la frente.


III

El regreso a Madrid fue reconfortante, a pesar de la tristeza que se adueñó de ella los primeros meses sin Ahmed. Echaba de menos sus abrazos, impetuosos pero tan dulces, su olor y sus palabras impregnadas de sensaciones. Miraba a las estrellas, porque sabía que él las observaba cada noche. En el metro estudiaba a los árabes, con curiosidad. Pero se consolaba con la idea de haber hecho lo correcto, lo que esperaban los demás de ella. Le confesó a su novio la relación que había tenido con Ahmed. Aunque pasaron por momentos duros, siguieron adelante. Carla empezó a sentirse ilusionada de nuevo: había terminado la carrera y tenía muchas ganas de trabajar. También tenía planes para irse a vivir a un estudio con su novio y abandonar el piso que compartía con dos amigas.

Pero, un año más tarde, Carla trabajaba como cajera en un supermercado, seguía viviendo en el mismo piso compartido, donde su novio se había instalado poco a poco. Su vida se había ido reduciendo, cerrándose a su alrededor. De vez en cuando, en el silencio de la noche, se preguntaba qué habría sido de Ahmed, ¿dónde estaría?, ¿se acordaría de ella? Y soñaba con aviones que nunca cogía...

IV

Fadiyah acunaba a la pequeña Qismah mientras Ahmed fumaba la arguila. La temperatura era perfecta en la terraza. La vista, maravillosa: las luces de Beirut tintineando bajo sus pies, en la falda de la montaña. Se habían instalado allí de forma temporal. Fadiyah prefería vivir en El Líbano, ya que las mujeres no sufrían tanta represión como en Arabia Saudí. Le gustaba vivir en aquel limbo entre el mundo árabe y el occidental.

Ahmed era feliz con ella, a pesar de que las diferencias culturales afloraban día a día. Al menos, desde que nació Qismah, permanecía en casa y eso relajaba a Ahmed. Ella debía adaptarse a sus costumbres, pensaba.
- Y, con el tiempo, lo hará. Mi mujer se llama Fadiyah (“la que se sacrifica”). Carla ya no existe. No existirá nunca más - murmuró en voz baja.
Y dio una larga calada a la arguila.

jueves, 22 de junio de 2006

...

Basta ya de lecciones,
de amenazas,
de silencios que acuchillan.

Los pies de plomo me pesan,
mis piernas no pueden tirar más.
Mi alma ya no quiere despertar cada mañana.
Se resiste, escondida en mi propio abrazo,
en la fragilidad de ese ovillo que soy yo.
Cada amanecer.

¿Qué hago?
Dímelo tú, silencio de acero.
Dímelo tú, tú que me diste tanto,
que tanto me quisiste,
dime por qué me matas.

Dime por qué demonios
te necesito tanto,
por qué no puedo ser libre,
y huir de esta ciénaga
en la que estoy anclada.

Imaginé tantas salidas.
Tantas puertas.
Tantos viajes...
Nunca hubo resultados.

Fui feliz con poco:
con tu aliento me bastaba.
Tu abrazo en la noche
siempre curó las heridas.

Pero tus ojos fríos
tu voz afilada,
destapan una y otra vez
la rabia, el dolor, la llaga.

Y me apartas de tí:
me destierras,
me entierras,
me sajas.

Me estoy pudriendo
en la ciudad
del sueño fracasado.

lunes, 19 de junio de 2006

SLEEPING FOR A WHILE

Closed inside a cage.
No way to scape.
No reason to smile.
No answer to herself.
She felt lost
in the middle of a desert.
Even the water
didn't have the same taste.
No colours,
no friendly faces,
her eyes only could see
the black roads of Life.
Future had no way
but she decided to wait
for a reason to be.
For a reason to change.
She is now sleeping .
Waiting to open her eyes
when the black roads
turn white...

ESCÓNDEME EN TU ABRAZO

Bajo tus alas, entre tus piernas.
Escóndeme del mundo que me atemoriza.
Cúrame las heridas lamiéndome las mejillas,
los brazos, los labios.
Sálvame de mis demonios.
Abrázame...

viernes, 16 de junio de 2006

PIDO SILENCIO

Ahora me dejen tranquilo.
Ahora se acostumbren sin mí.

Yo voy a cerrar los ojos.

Y sólo quiero cinco cosas,
cinco raíces preferidas.

Una es el amor sin fin.

Lo segundo es ver el otoño.
No puedo ser sin que las hojas
vuelen y vuelvan a la tierra.

Lo tercero es el grave invierno,
la lluvia que amé, la caricia
del fuego en el frío silvestre.

En cuarto lugar el verano
redondo como una sandía.

La quinta cosa son tus ojos,
Matilde mía, bienamada,
no quiero dormir sin tus ojos,
no quiero ser sin que me mires:
yo cambio la primavera
por que tú me sigas mirando.

Amigos, eso es cuanto quiero.
Es casi nada y casi todo.

Ahora si quieren se vayan.

He vivido tanto que un día
tendrán que olvidarme por fuerza,
borrándome de la pizarra:
mi corazón fue interminable.

Pero porque pido silencio
no crean que voy a morirme:
me pasa todo lo contrario:
sucede que voy a vivirme.

Sucede que soy y que sigo.

No será, pues, sino que adentro
de mí crecerán cereales,
primero los granos que rompen
la tierra para ver la luz,
pero la madre tierra es oscura:
y dentro de mí soy oscuro:
soy como un pozo en cuyas aguas
la noche deja sus estrellas
y sigue sola por el campo.

Se trata de que tanto he vivido
que quiero vivir otro tanto.

Nunca me sentí tan sonoro,
nunca he tenido tantos besos.

Ahora, como siempre, es temprano.
Vuela la luz con sus abejas.

Déjenme solo con el día.
Pido permiso para nacer.



PABLO NERUDA
ESTRAVAGARIO

domingo, 4 de junio de 2006

LA ROSA DEL ASTEROIDE B-612

La Rosa del Asteroide B-612 es poco conocida para la mayoría de la gente. Para mí es la flor más importante del planeta. Es única. Silenciosa. Generosa. Desapercibida. Todo en ella es belleza, incluso el ceño fruncido. Me dio todo y yo no lo sabía. Ahora me siento incapaz de devolverle ni una mínima parte. Sólo puedo esperar que sea más fuerte que el viento huracanado, esperar que resista el temporal, como ha hecho siempre. Ahora le pondré yo el biombo para protegerla de las noches de tormenta. La Rosa del Asteroide B-612 es ella y no yo, como me hizo creer 18 años atrás.

sábado, 27 de mayo de 2006

MIEDOS


La primera vez.
Recuerdo perfectamente la primera vez en mi vida en la que sentí auténtico pánico. Tendría alrededor de 6 años, y aún no conocía el miedo. Aquel verano, una tarde con mi abuela en la piscina de El Cristo, se produjo un aviso de bomba. Aún puedo revivir la sensación de incertidumbre, yo no entendía qué pasaba, simplemente podía ver el miedo en la cara de la gente. Recuerdo una marabunta humana tratando de huir de allí desesperadamente. Yo me aferré a la mano de mi abuela pero, por primera vez, no fui suficiente para sentirme segura. Aquella noche no conseguí dormir, y tardé mucho tiempo en superar aquella sensación de vulnerabilidad. No entendía, para mí el miedo no existía hasta entonces, ni la posibilidad de que alguien quisiera hacernos daño a mi o a mi abuela. Por primera vez, oí hablar de ETA.
La última vez.
La última vez que sentí miedo fue ayer. Miedo irracional de la vida que se me escapa, de la vida que no me hace caso, que sigue un camino que yo no había previsto.

jueves, 25 de mayo de 2006

DEMONIOS

La noche más larga se convirtió en mañana, pero el amanecer hoy es distinto, porque los demonios han decidido quedarse. Estaban a mi lado en la cama al despertar. Me siguieron por el metro, por la calle. Ahora me están mirando mientras escribo, en pie, detrás de mí, vigilantes. Les digo que se vayan, que me dejen en paz, que necesito estar tranquila. Les suplico, pero no me escuchan. Son muy fuertes. Saben lo que quieren, y no sé zafarme de ellos. Sigo siendo frágil. Dependiente. Cobarde. Me lo gritan continuamente al oído, sin que nadie más que yo sepa de su presencia. Toda la noche han estado en mi cama. Cuando caí rendida, al entrar en estado de vigilia dejé de oirles, y por un momento creí que habían desaparecido. Pero estaban esperando a la vuelta de la esquina, en mis sueños. Siguen aquí, ¿no los ves?

RUINAS

La vida se me derrumba. Hoy cayó un muro entero sobre mí, pero sigo aquí, peleando. No sé si merece la pena, los sentimientos me confunden. A veces quisiera huir, dejar mi mundo inestable y en perpetuo derrumbe atrás, atrás, atrás, olvidar que yo viví así. A veces imagino vidas distintas, aunque en un segundo mis pensamientos toman apresuradamente un cambio de sentido, y buscan... ¿cuál fue el error? Algo no hice bien... No sé, pensar claramente es imposible. Sólo intento seguir adelante, soportar la noche extraña, la noche abandonada, sola. Qué llegue pronto la luz y la mañana y que todo sea un mal sueño. Necesito luz para pensar, matar mis miedos con la claridad, con la madrugada. Ojalá fuera más fuerte. Tiemblo.

sábado, 20 de mayo de 2006

viernes, 19 de mayo de 2006

NEVERMIND

Mi bedroom is the dessert of time.
The air seems fire.
Sometimes I don't know where I am...
It seems 10 years ago,
I must been preparing the exams
and waiting desperately for the summer freedom.
Then I realice, fell to my bed from my mind.
I sight... I close my eyes,
listen to the swallows outside...
Nevermind, nevermind...

jueves, 18 de mayo de 2006

SILENCIO


El calor ha escapado de madrugada.
Cuando me dormí, empañaba los cristales,
las sábanas, mi piel.
La ducha de la mañana se llevó el sudor que me cubría,
y también el sueño...
Noche sofocante, de enrarecido ambiente.
Cuando me dormí creí -incrédula- sentir el silencio
en Madrid, por primera vez.
Quizá mis sentidos aturdidos
por el bochorno y las vueltas en la cama
me jugaron una mala pasada.
No conseguí percibir el motor lejano
de algún conductor sonámbulo,
ni el ruido perpetuo de la ciudad,
tan sólo mi respiración...
Como si todo hubiera,
por un momento,
quedado inmóvil,
o quizá fuera del tiempo...
O quizá
yo ya dormía.

miércoles, 17 de mayo de 2006

RENAISSANCE

Well, I am here again.
I appeared between the shadows
to try a new life.
I always need a new one
but I don't find the way.
Madrid is a big dump
full of useless feelings,
Asturias is my refuge
when I need to escape.
But to begin a new Me
I need a new place,
a new bed,
a new sun.