domingo, 22 de abril de 2007

Semillas del paraíso

Fotógrafo: Jorge Molinero

-Yo le pongo a todo kamoun. Pero si está indecisa, llévese ras el hanout, es una mezcla explosiva. Podemos seleccionar las especias que quiera para conseguir la combinación que más le guste.

Candela bajó la mirada, turbada por la voz del comerciante. Era bastante alto, no demasiado fornido, pero musculoso, su tez era del color de la aceituna, y sus ojos, ébanos incandescentes. Durante un instante fugaz de conversación interna, no logró discernir si era el calor o la presencia de él la razón de su azoramiento.

-Creo que me dejaré aconsejar por usted, elija la combinación que más le guste, pero trate de que no sea demasiado picante. El calor que tienen ustedes aquí es infernal.

-Le pondré semillas del paraíso, para mi gusto es fundamental. Le dará un toque picante, pero muy leve.

Permanecieron en silencio durante unos minutos. Cuando el ras el hanout estaba listo y empaquetado, él alargó su brazo ofreciéndoselo. Después del obligado regateo de precios, Candela rebuscó algunos dirhams en el fondo del bolso, y al entregárselos al hombre, rozó su piel, y la descubrió más suave de lo que imaginaba.

-Tome. Llévese también un poco de kamoun, yo se lo regalo- le dijo él, y acompañó sus palabras con una sonrisa que dejó al descubierto una dentadura blanquísima, que destacaba aún más en contraste con su piel.

Asió las dos bolsas con una mano, y se quedó inmóvil frente al puesto de especias durante unos segundos. Titubeó, y cuando emprendió el paso, un grito hizo que se girara de nuevo.

-Señorita, olvida su sombrero.

Durante la noche, Candela se despertó varias veces, agitada. Antes de amanecer, ya había tomado té, había hecho la maleta y estaba preparada para salir a la calle. Sin embargo, esperó un rato para despedirse de la familia con la que se alojaba. Habían sido muy amables, y no quería irse sin agradecerles su hospitalidad.

Llegó al aeropuerto con una hora de antelación. Facturó el equipaje y se dirigió a la sala de embarque con el bolso en una mano y su sombrero de paja en la otra. Al sentarse y colocar el sombrero sobre su regazo, descubrió un trozo de papel enganchado en la cinta. Lo desdobló con mucha delicadeza, sin apresurarse. Entonces, leyó en voz alta.

Mientras el tajine cocía, comieron aceitunas de colores. Aprendieron a reir como niños, con carcajadas que hacía mucho tiempo que habían olvidado. Charlaron y disfrutaron de la comida. La canícula era asfixiante. Él preparó té y saciaron su sed, sentados en el suelo, con las piernas cruzadas y muy cerca uno del otro. Terminaron la bebida, y la conversación. El silencio y el calor tomaron la estancia. Entonces se abrazaron. Ella se sonrió y le murmuró al oído:

viernes, 30 de marzo de 2007

Dos mil noches y otros tantos días

Me acuerdo y no quiero acordarme de las cosas que olvidé decirte y los sueños que quedaron por soñar. Los días se deslizaron en un tobogán con destino a Nada, a un momento álgido de tristeza empañada en lágrimas y nudos en las gargantas, en los estómagos; y en la maleta todas las prendas enmarañadas, esperando que un centrifugado borre las huellas y el dolor de perderte y este castigo de saber que no puedo tenerte cada noche entre mis sábanas, ni intuir el brillo de tus ojos cuando rompes el silencio de la mañana.

Dejé atrás nuestro nido y nuestro gato y nuestras dos mil noches, y ni siquiera imaginas cuantas veces nos sueño en aquel coche empañado, en los bancos y los parques bajo los faroles de enero, encerrados en nuestros seis metros cuadrados, sintiéndonos fuertes y a salvo en tiempos adversos. Nos sueño en el chino, en El Quijote, tú a la sombra, yo en el sol; los dos bajo la Luna en la Malvarrosa, con la barriga henchida por los analgésicos y la sangría Don Simón. Cuidando y llorando a Benicio, bebito de pecas en el hocico. Repartiendo sacas por Aluche. Cocinando berzas mientras tú liabas incansable. Tardes en Las Ventas estudiando Derecho de la Información mientras tú acomodabas a los taurinos.

Días, noches, madrugadas. Y ahora Nada me los devuelve envueltos en niebla. Huelo, y huele a tierra húmeda, a prao. Significa que estás lejos, pisando el asfalto que tanto odiaba y que ahora sueño. Me acuerdo y no quiero acordarme: duele.

miércoles, 21 de marzo de 2007

Roma

Nos agarramos ambos a aquel clavo ardiendo que fue Roma y nuestro último encuentro. Más que encuentro, fue búsqueda: senda de vericuetos tratando de adivinar entre las siete colinas dónde tú te escondías, dónde yo te buscaba.

Ni las laberínticas calles del barrio del Borgo me hicieron perder la templanza, sólo me dolió evocar a ratos tus muros insalvables, aquellos silencios tuyos que alimentaron mi rabia.

Se nos resquebrajaban los días cuando te escribí aquella desesperada misiva, ofreciéndote un plan Z, descabellada intentona de encontrarnos en lugar ajeno a los vicios nuestros. Quizá redención de las rutinas que nos fueron ganando los días. Debíamos encontrarnos en una suerte de farol adivinatorio, la empatía que quizá nunca tuvimos tenía ahora en su mano el fin de nuestro pequeño y particular melodrama.

Te busqué en los recovecos del Coliseo, igual que cuando trataba de encontrar los huecos de tu alma. Luego vagué de fuente en fuente, convencido del milagro purificador del agua. En Trevi cerré los ojos y vacié mis bolsillos, una moneda tras otra, con la esperanza vana de encontrarte tras la primera esquina.

Caminé incansable: el Quirinale, la iglesia de San Andrea (siempre te gustó Bernini), Piazza Barberini, la fuente de la concha, Piazza di Spagna… Un pitido en mi reloj indicó el fin de nuestro plazo. Veinticuatro horas después de bajar del avión seguía en Roma. Y seguía solo.

Cuando desfallecido me dejé caer sobre los húmedos adoquines del Campidoglio, descubrí tu silueta en la otra punta de la plaza, asomada a los Foros. Y comprendí que era demasiado tarde. Y me alejé arrastrando los pies sin decirte nada. Entonces súbitamente se repitió aquel chaparrón… sí, era el mismo, aquel que prolongó nuestro primer encuentro, el que nos trajo hasta Roma para decirnos adiós.

lunes, 12 de marzo de 2007

Nem branco nem preto

Tras su ritual de café y radio, salió a la calle. Después de una fugaz visita al quiosco –donde hacía tiempo que sobraban las palabras, reduciéndose su relación con el quiosquero a un mero intercambio mecánico- se dirigió al parque, periódico en mano, para leer un día más la actualidad bajo los tímidos rayos de sol propios del mes de enero.

Pero cual fue su sorpresa al descubrir a lo lejos un bulto que ocupaba el banco en el que no había dejado de sentarse ni una sola mañana desde hacía cinco años, desde aquel “antes y después” que le supuso la jubilación. El ritual que desde entonces le mantenía joven se vio de pronto seriamente amenazado. Escudriñó la vista en un intento de reconocer qué o quién era ese intruso que le había robado su sitio bajo el sol y entre los abedules del parque.

Un negro. Y, a los pies del negro, una manta.

Se quedó de pie, mirando al negro. Mirando a la manta. Dudó unos instantes. No se atrevió a acercarse, así que, sin saber adonde dirigirse, terminó por dar marcha atrás hacia su casa. Esa mañana leyó el periódico en su salón comedor, pero era la inercia y no él quien pasaba las páginas. Leyó y leyó sin asimilar ni una sola de las palabras sobre las que posaba sus ojos. Tenía la cabeza nublada. Un negro robabancos le había desafiado, rompiendo su apacible rutina, y él no encontraba respuestas. Cuando llegó a la última página del periódico, dio un puñetazo en la mesa: había decidido el contraataque para recuperar su feudo arrebatado.

A la mañana siguiente, levantarse le costó más esfuerzo del habitual. El despertador sonó una hora antes. Sonrió a pesar de que el sopor le ganaba la batalla por momentos. Café, radio, y una mirada extraña del quiosquero, que tras su visita, comprobó en su reloj la hora.

De nada sirvió tanto esfuerzo. Había perdido la segunda batalla, y por partida doble. Dos negros compartían esa mañana el banco que él tan bien conocía. Sintió al verlos que empezaba a echar de menos la madera desgastada de lo que un día fue un castaño, y que hoy, transformado en un improvisado libro de visitas, guardaba un sinfín de recuerdos tallados.

Los negros reían, ajenos al dolorido corazón del jubilado. Apenas comprendían el idioma de este país, mucho menos las costumbres de un anciano que disfruta cada mañana de su periódico bajo el sol.

Pasaron los días, y los bancos del parque fueron poco a poco colonizados por más y más negros, que con sus mantas a los pies, pasaban las jornadas reunidos a la espera de clientes.

Los jubilados hicieron finalmente frente común al quedarse sin lugar donde pasar sus largas mañanas al sol. El parque se dividió desde entonces en una marea negra de la que manaba una lengua extraña, y un grupo ingente de jubilados organizados que trataban de desentrañar los misterios de la vida de esos que aparecieron de repente, y que tanto llamaban su atención.

La polémica por la falta de bancos disponibles se convirtió a las pocas semanas en asunto público y llegó al Consistorio, donde el alcalde, perplejo, se vio obligado a tomar cartas en el asunto. Ni la Ley de la Hora, por la cual el que llegaba el primero tenía derecho a ocupar el banco durante la jornada, ni la medida urgente de doblar el número de bancos de la ciudad (que, dicho sea de paso, provocó la ira de los ecologistas, que ya hablaban de urbanización salvaje de suelo público), consiguieron frenar la brecha que se abría entre negros y jubilados (apoyados estos últimos por el resto de ciudadanía blanca que, a pesar de no utilizar los bancos del parque, los sentían suyos). Nunca antes se habían valorado tanto las tardes de invierno al sol.

Antes de dimitir, el alcalde promulgó un último edicto. Desde aquel día, la mitad de los bancos de la ciudad fueron de color blanco, y la otra mitad, de color negro. Se gastaron toneladas de pintura. Se contrataron centenas de cuadrillas de pintores –todos blancos-. Por supuesto, una multa desorbitada esperaba a los que, atrevidos, osaban sentar sus posaderas sobre el color equivocado. Para los ciegos se instalaron señales sonoras que indicaban el color del que estaba pintado el banco en cuestión.

Y así pasaron los años, mas no sin polémicas: unas bandas clandestinas se camuflaban en la noche para pintar de negro los bancos blancos, mientras otras encalaban a su vez, amparados en la oscuridad, los bancos negros.

Sin embargo, la crisis no estalló hasta que la comunidad china, cuyo número iba en aumento, reclamó asientos públicos amarillos, al no saber dónde debían ellos sentarse. La ciudad, desde entonces, es la primera del mundo en la que han desaparecido los bancos en los parques.

miércoles, 14 de febrero de 2007

Ex nihilo nihil fit

Nos encontramos hace meses en aquel sueño, ¿recuerdas? Esta noche hemos vuelto a coincidir en el bar de siempre, tan real como La Bodega, pero con mucho más encanto. Hemos bebido cerveza. Fría, con gotitas de rocío resbalando por el cristal. Pasamos un buen rato compartiendo susurros, mientras yo jugueteaba con la etiqueta de la botella, dibujando estrellas en el papel dorado y pegañoso.

Luego caminamos por la tienda de antigüedades de aquella mujer china. Sí, hombre, sí, la tienda en la que solíamos refugiarnos del incansable sol de Marruecos. No había vuelto a pensar en este lugar desde la última vez. Tú también estabas entonces. Recuerdo que mientras recorríamos los pasillos rebosantes de objetos, me decías al oído "no deben saberlo". Y, una vez más, la mujer china nos preguntó, en lo que yo creí un déjà vu circular, si nos interesaba comprar un paragüero.

Esta noche, el papagayo estaba verde, ¿te fijaste? Seguía en el escaparate, su pose irreverente desafiando el paso del tiempo. Quizá por él no pasen las horas ni los minutos ni los segundos ni los sueños, pensé cuando volví a verle. Lo conozco desde que era una nena. Me ayudó a dormir en las primeras noches de miedo. Desde entonces, sigue en el mismo escaparate de la tienda china de antigüedades. Cambia de color (en ocasiones he llegado a presenciar la transformación) y nunca he comprendido sus motivos: él no necesita camuflarse.
Anoche cuando dormía/soñé, ¡bendita ilusión!/que una fontana fluía/dentro de mi corazón, me recitaste. Habíamos salido ya de la tienda. Y pensé en las matrioskas, unas dentro de otras. Empecé a marearme y sentirme desorientada. Sabía que esto significaba que llegaba el punto y aparte. Cuando me giré, caminabas ya lejos. No quise despedirme.

martes, 13 de febrero de 2007

El gato en el sillón


Aquel amanecer le estaba costando un esfuerzo inmenso abrir los ojos, sentía plomo en sus párpados. Pero una visión desconcertante la despertó de inmediato. Como si le hubieran vertido un jarro de agua fría, se sintió alerta al instante.

Un gato atigrado de un intenso color naranja la observaba inmutable desde el sillón que ocupaba la esquina del dormitorio. Tras unos segundos de desconcierto, se acercó a él muy despacio, temiendo a cada paso que el felino reaccionase de forma violenta.

¿Cómo habría llegado hasta allí? Quizá por alguna ventana, aunque creía recordar que las había cerrado a cal y canto la noche anterior. La revisión de las ventanas fue la primera medida que decidió tomar. Resultó que todas estaban cerradas, como ella recordaba, y la puerta, con el pestillo echado. Aquello se le antojó imposible. Volvió al dormitorio, y el gato anaranjado seguía en el sillón de la esquina. La miró fijamente y maulló.

Tenía que estar en el trabajo en media hora, así que decidió dejar al gato en casa, y resolver la situación por la tarde. Quizá cuando ella regresara, el gato se habría marchado por el mismo sitio por el que logró entrar.

Esa tarde llegó a casa más pronto que ninguna. Se frotó los ojos con incredulidad cuando comprobó que el gato seguía en el sillón. Había cambiado de postura, y descansaba enroscado con la cabeza escondida. Ella estaba hambrienta, y mientras preparaba la comida, pensó que quizá él también lo estaría. Abrió una lata de mejillones, y llenó una taza con agua templada. Intentó recordar si los gatos bebían leche. Se decidió por el agua. Ella abrió una cerveza.

Por extraño que pareciera, el gato no probó bocado. Ella abrió entonces una lata de atún, la cual no dio ningún resultado. El animal no reaccionó tampoco al olor de los calamares, ni de las sardinillas. Ella sació su hambre, y se puso a leer. De vez en cuando, levantaba la vista para comprobar si el gato seguía allí.

Tras varios días, la presencia del felino ya no le era extraña. Más bien al contrario, se había convertido en compañero silencioso de ojos verdes y maullido de despedida.

Pasaron los meses raudos, aunque sigilosos. El gato permaneció en el sillón de la esquina semanas y semanas, ella terminó por convencerse de que se alimentaba del aire. Una mañana, al despertar, no encontró al gato cuando levantó la mirada. En su sillón, encontró tan solo pelusa anaranjada y el hueco con la forma del cuerpo del animal. Salió a la calle desconsolada por la pérdida de su amigo. Al salir del portal, su cuerpo chocó violentamente contra un hombre alto, ella miró hacia arriba para disculparse y, al hacerlo, descubrió una mata de pelo pelirroja y unos ojos almendrados la miraban al tiempo que le decía: "tenía muchas ganas de hablarte".
Imagen: Pablo Picasso, "Gato devorando un pájaro"

lunes, 22 de enero de 2007

Prados ya es mamá

La osa mayor

da teta a sus estrellas

panza arriba:

gruñe y gruñe.

¡Estrellas niñas, huid;

estrellitas tiernas!



Federico García Lorca


lunes, 15 de enero de 2007

...

Se levantó fatigada. La niebla, otra vez.
Ni las nubes ni la sensación de ahogo desaparecieron en todo el día.
Y una vez más, no hubo un ¿qué tal?
Mañana Sol, por favor.

lunes, 8 de enero de 2007

Curro

Cada noche, Curro salía a pasear con él. A pesar de la lluvia, de los partidos de Champions, o de la visita de la suegra: cuando la jornada tocaba fin, a la misma hora, Curro paseaba con él, ya entrada la noche. Juntos recorrían siempre la misma manzana de aquella ciudad gris. En silencio. Entre ellos, sobraban las palabras. Hasta que una oscura noche lluviosa, él apareció solo, refugiándose en un viejo paraguas. Se paró en cada esquina, con el movimiento mecánico, adquirido por la repetición de la costumbre. Con sus pies ya empapados, avanzó unos pasos y miró atrás, buscando a su pequeño Curro, que solía olfatear cada farola con detenimiento, mientras él, paciente, observaba su ritual. Pero aquella noche Curro no estaba. Y no volvió a acompañarle en aquellos paseos nocturnos. Él siguió recorriendo la misma manzana cada noche de tormenta. Bajo la tempestad, veía a Curro. Y sus lágrimas eran lluvia.

miércoles, 3 de enero de 2007

Por quién doblan las campanas

Nadie es una isla, completo en sí mismo, cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra, si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti.
John Donne, "Meditación XVII", Devotions Upon Emergent Occasions, 1624

martes, 2 de enero de 2007

...

Entras en el bus, una vez más. El dolor se columpia en mi pecho. Sensación de sobra conocida, pero inevitable, el nudo en la garganta sustituye a tu abrazo y tu aliento en mi cara. Te busco desesperada con la mirada, pero los cristales ahumados del autobus no me dejan localizarte entre la masa. Por fin, pegas tu cara al cristal y te veo por última vez, tirándome besos a mansalva. Y entonces sé cuánto te quiero y cuánto me quieres tú a mí, y es que lo nuestro ya no tiene remedio.

domingo, 12 de noviembre de 2006

...

Los faroles taciturnos me esperan por la noche. Me gusta esconderme en su neblina al volver a casa. Pero me sobra la cama enome, y me falta la cuna estrecha de tus brazos.

viernes, 10 de noviembre de 2006

Niebla

Nadie respondió a su saludo cuando llegó a casa. Era de noche, tarde. Estaba empapada de niebla. Abrió la nevera, cogió una lata de mahou. Apuró un trago. No obtuvo respuesta cuando trató de hablar sobre su ajetreado día en la redacción. Acabó la cerveza. La niebla le había calado ya los huesos. Tampoco contestó nadie cuando dijo "hasta mañana", justo antes de saltar por la ventana. Nadie la encontró en la acera, ni en la cama. Ni en la niebla.

martes, 24 de octubre de 2006

...

Llueven relojes grises sobre la ciudad pintada de un modernismo de imitación. El tiempo tiene hoy el rostro de una serpiente enroscada, que se muerde la cola con una mueca oscena, incapaz de estirarse y mirar al frente. Muerde y muerde, y se envenena. El invierno será duro y de nuevo derrotará a más ejércitos que las bombas. Aunque siempre nos quedará Madrid, nadie sabe qué será de nosotros mañana, ni siquiera esta noche oscura y húmeda. La cama enorme cada día está más fría. Mi soledad grita tu pronombre.

sábado, 21 de octubre de 2006

La vida en negro

Cuando Juaco murió sepultado bajo toneladas de carbón, yo morí enterrada en su ausencia con apenas veinte años. Me envolví en telas negras y en días negros. Sólo mi pequeño Jamín me mantenía despierta, sus manitas hambrientas apretando mis pechos eran los únicos hilos que me unían con la vida. Pasamos los años siguientes en soledad, Jamín y yo. Vivimos en silencio hasta que sus primeras palabras me dieron fuerza para quitar las enormes cortinas negras que aislaban mi dolor. Así dejé, por primera vez en dos años, que entrara un poco de luz y aire fresco en casa.

Diez años tras la muerte de Juaco, me volví a casar, ante la mirada atónita de los vecinos. No aceptaban que las viudas quisieran vivir. Para ellos quedaban condenadas a la oscuridad al morir sus maridos. Pero yo quise vivir, por Jamín y por mí. Y Germán me ofrecía amor, me abría la puerta a la felicidad, sensación que apenas conocía, tras diez años dedicada a la crianza de mi hijo, las labores de la casa y de la tierra.

A partir de la boda, la casa tornó en un remanso de dicha y color. Germán quería al guaje como si fuera suyo, y a mí me cuidaba y me amaba cada día. El luto quedó relegado al fondo del armario. Yo era feliz, sólo una sombra nublaba mi tranquilidad. Germán estaba obcecado en trabajar en la mina para así ganar un poco más de dinero. Yo no tenía valor para oponerme, no era capaz de explicarle que bastante había perdido cuando Juaco me dio un beso aquella mañana para entrar luego en su tumba por su propio pie. Así fue como empezó mi calvario. Cada mañana al despedirme de Germán, me aferraba a su cuerpo desesperada, convencida de que no volvería a verlo. Lloraba, suplicaba, pero él me aseguraba que no le iba a pasar nada, y yo, mordiéndome el labio inferior de angustia, le observaba alejarse por la cuesta que llevaba a la bocamina.

Así pasaron los años. Hasta que una tarde eran ya más de las siete y Germán no regresaba. Los demonios de mi interior empezaron a carcomerme la paciencia. Me puse mi viejo abrigo negro y salí corriendo en busca de noticias. La gente se arremolinaba en la entrada de la mina. No había estado tan cerca de aquel lugar desde lo de Juaco. Se me antojaba que entraba en un cementerio empeñado en engullir todo lo que yo quería. Cuando alcancé al grupo, ya estaba temblando. Vagamente oía las explicaciones que me daban, mientras me sujetaban. Que si hubo un accidente, que si ya está dentro el equipo de rescate, que ya verás que tu marido está bien. Eso decían sus labios, más sus ojos me miraban no sé si con pena o con temor.

Volví a casa como pude, abracé a Jamín, le dije que fuera a casa de los güelos a pasar la noche, y que lo quería mucho. Busqué en el fondo del armario las cortinas negras que había guardado hacía tanto tiempo. Las anudé unas a otras en el establo. Las colgué de una viga e hice un lazo en el otro extremo, me subí en una silla, y me coloqué la oscura soga alrededor del cuello. Recé por mi hijo, por Germán. Y por Juaco. Salté. Primero sentí dolor, angustia, la falta de oxígeno. Cuando empezaba a perder la conciencia, se abrió la puerta del establo y apareció Germán, teñido de negro, que gritaba: “¿Qué has hecho? No me dejes…” Quise pedirle perdón, pero ya no pude hablar.

martes, 19 de septiembre de 2006

viernes, 1 de septiembre de 2006

La doble vida de Medardo

Medardo Requena tenía el poder de transformarse en caballo a voluntad. Ya bajo su apariencia humana llamaba la atención su largo y morrudo perfil, similar al de los équidos, y su corpachón desgarbado. No menos su forma de caminar, como si trotara. Estaba compinchado con un tal Mouriño, gallego de Orense, quien había practicado sin fortuna la emigración a América. Juntos recorrían las ferias de ganado y Requena, transmutado en brioso corcel, era vendido por Mouriño al mejor postor. De noche, una vez en el establo, recuperaba su forma humana y salía de allí andando tan campante. Si lo sorprendían dentro de la cuadra, desnudo, hacía como que se había perdido, y su aspecto era tan extraño e inquietante –especialmente si aún no se había completado la transformación– que enseguida lo dejaban marchar sin pedirle más explicaciones.

Medardo Requena se confesaba harto de aquel tipo de vida, de ir de aquí para allá, sin tener un hogar, esposa ni hijos, estafando a la gente honrada. Pero las ganancias eran tan sustanciosas que Mouriño lo convencía siempre de dar un nuevo golpe antes de retirarse. Llevaban ya un decenio trabajando juntos, cuando un año, en Medina del Campo, tras haber cerrado trato con un ganadero de Osuna, Mouriño esperó en vano a que Requena apareciera en el lugar convenido. Fue a los establos, temiendo que hubiera ocurrido cualquier contrariedad, y comprobó con estupor que su socio seguía allí, pero aún bajo la apariencia de un caballo. Cuando le preguntó qué diablos pasaba, Requena agitó las crines, piafó alegremente y, con un movimiento brusco de cabeza, señaló a una yegua que comía heno a sólo diez metros de donde se encontraban. Como Mouriño pareciera no entender, Requena dibujó en el albero, con su casco aún sin herrar, la torpe forma de un corazón.

Manuel Moyano, El oro celeste. Xordica, Zaragoza, 2003