martes, 4 de septiembre de 2007

Pucheros

-¿Falta mucho?- Me preguntó por enésima vez, mientras me tiraba del brazo con premura.

El autobús iba atestado de gente. El ruido del tráfico era ensordecedor, y las preguntas incesantes de Laura empezaban a aturdirme.

-Llegaremos enseguida. ¿No ves que hay atasco?

-¿Qué es atasco?

-Atasco es cuando hay muchos coches en la carretera y por eso se tarda más en llegar a los sitios.

-Entonces, ¿cuánto hay que esperar?

-Hay que esperar a que arranquen los coches.

-¿Y por qué no arrancan? El semáforo está verde. ¿Llegamos ya?

No sabía qué contestarle. Así que le grité que se callara de una vez. No tardé en arrepentirme. Laura hizo pucheros y comenzaron a rodarle lágrimas por las mejillas, pero no dijo ni mu. Comencé a acariciarle el pelo y al rato se calmó. Cuando por fin llegamos a nuestro destino, dormía plácidamente apoyada en mi hombro. Me daba mucha pena, pero le susurré al oído:

-Mamá, despierta, ya llegamos al médico.

jueves, 30 de agosto de 2007

Metro Valdezarza

foto: espumeru



















Jueves
Había charcos en el metro aquella tarde. Candela recordó las cálidas manos agrietadas de su abuela mientras los evitaba a saltitos. Estaba embargado su espíritu por el ímpetu de una infancia de pronto recobrada. Los paraguas poblaban de colores el lúgubre andén. Las caras dibujaban gestos serios en contraste con la amplia sonrisa que lucía Candela y que le torcía las comisuras en un gesto pícaro. La melena negra serpenteaba por su espalda al ritmo de sus pasos. Y las mejillas se le arrebolaban al evocar el último encuentro con J.

Ensimismada en su historia, tropezó de pronto con los ojos turbios de una joven pelirroja. Ardían. Mas no supo distinguir si con furia o con desolación. Eran dos pozos sin fondo que le asustaron y le robaron por un instante la sonrisa.

Lourdes ni siquiera llegó a ver la chica morena con la que tropezó. Siguió adelante sin inmutarse, sin variar su rumbo y con la desesperanza clavada de lleno en la mente. La desbordaban los porqués. Y la cegaban los múltiples finales que en realidad eran uno.


Viernes
J se impacientaba y sus vistazos al reloj eran cada vez más frecuentes. No era la suya una ansiedad de enfado sino de ganas, las que cada mañana le despertaban con una energía que desconocía hasta entonces. La energía renovadora que arrasó con su calor las torpezas y nimiedades de la vida de J respondía al nombre de Candela.

Llovía mares fuera, así que la esperaba en el interior de la estación de metro Valdezarza, apoyado en la barandilla del enorme agujero que comunica el vestíbulo con la planta baja del andén. Algunos lo llaman “el mirador” y en él suelen entretenerse los ancianos observando los trenes que apenas llegan se van. J. solía esperarla allí en días de lluvia, porque aquel mirador le permitía divisar su figura saliendo del vagón. Repitió el gesto mecánico de agachar la mirada hacia la muñeca en busca del reloj, pero ni siquiera miró la hora.

Al levantar la vista, se topó con la mirada perdida de una joven menuda y de rizos rojos, que descansaba apoyada junto a él en la barandilla. Le sorprendió su proximidad y su ausencia. Luego, todo fue rápido.

El salto de ella hacia las vías, a través de aquel enorme agujero que se asemejaba a un desagüe; la reacción de él, su respiración acelerada o quizá contenida, asiéndola con todas sus fuerzas por las piernas, rescatando un último suspiro de vida. Cuando la colocó en el suelo, un pitido que ninguno de los dos oyó despidió al último tren. Ella lloraba con los ojos cerrados. J la sacó en hombros de la estación y la sentó en un banco cercano. Bajo la lluvia torrencial, le preguntó su nombre. Lourdes. Me llamo Lourdes y no quiero vivir más. Tú no debiste…

Se abrió la puerta del tren y Candela salió dando grandes zancadas hacia las escaleras mecánicas. Cuando llegó al vestíbulo, se le antojó extraño no encontrar allí a J. Salió por la boca del metro y lo vio en el banco, empapado y muy cerca, demasiado cerca, de una pelirroja que recordaba vagamente no sabía de qué.

lunes, 27 de agosto de 2007

...

Huele a vuelta al cole, aunque rocemos la treintena. Quizá sea la morriña de tiempos pasados, que no sé si mejores. O quizá las últimas noches de lluvia y los días oscuros de horno, empanada y ronroneo. De madrugada me sorprendo apoyada en el alféizar fumando otro cigarro, ¡cuántas promesas incumplidas! La soledad ya vuelve a ser mi compañera, de cama, de mesa, de alféizar. Vuelvo a quererla, y con ella, al invierno, al calor que esconden las sábanas y al libro abierto sobre la mesilla. Cuando ellos lleguen... te echaré tanto de menos. Que las manos se me duermen. Que la risa se me pudre. Que el colacao me sabe amargo y la cerveza no me calma.

viernes, 29 de junio de 2007

Solidão

“Pisa el acelerador”, le insistía Sabina desde los altavoces. Ella pisaba y acompañaba a grito pelado a Joaquín en su oda a la liberación femenina, expectante ante la prometedora noche de viernes que tenía por delante. Lucas la esperaba en la plaza del Sol después de dos meses sin verse. Pisó un poco más. Nadie en la carretera. Las farolas seguían sin funcionar y la única iluminación venía del cielo nocturno, en el que la Luna descansaba ausente.

Tras una curva, su corazón frenó en seco. Ante sus ojos aparecieron dos figuras andrajosas que agitaban las manos desde el arcén, sumidos en aquella extraña oscuridad. Redujo mientras buscaba un coche, unos triángulos, una señal que explicara qué hacían dos personas en medio de una autopista a la una de la madrugada. Nada en la carretera.

-¿Pero de dónde demonios salen estos?- pensó en voz alta.

Paró el vehículo unos metros más allá y se bajó con el spray escondido en la manga. Se dirigió en su busca pero no los divisaba.

-No puedes ir a la ciudad.

Ella se giró en dirección a la voz, sobresaltada.

-¿Quiénes sois? ¿Qué hacéis aquí?

-Somos cualquiera. Nadie en particular. Sólo queremos salvar a los pocos que aún no han entrado en la ciudad.

-¿Salvar de qué?- Ella retrocedía sobre sus pasos, con el puño apretado alrededor del spray.

-Debes quedarte aquí y esperar. Mañana todo habrá pasado y podrás entrar tranquila en tu ciudad.

Ella estudió las dos figuras que tenía delante. No parecían amenazantes, pero su aspecto era peculiar. Vestían ropas desgastadas y sus ojos desprendían un brillo extraño. Estaban nerviosos los dos. La mujer, que aún no había abierto la boca, habló al fin.

-Los meditabundos han ocupado la ciudad. Dicen que deben hacer una limpieza, que el mundo está cada vez más sucio, sucio por dentro de los corazones, sucio detrás de los párpados y sucio debajo de las lenguas. Sólo necesitan esta noche. Tú estás a tiempo de salvarte.

-Pero… Lucas me espera en la plaza del Sol. Tengo que ir. Tengo que encontrarle.

-Es demasiado tarde, ya no podrá salir. Y tú debes esperar a que acaben la limpieza. Son drásticos en su trabajo. Ahí no quedará títere con cabeza.

En un rápido movimiento, dirigió el spray hacia los dos extraños, contuvo la respiración y apretó el botón. Salió corriendo sin mirar atrás, mientras ellos tosían y se retorcían. Arrancó el motor. Sabina le aconsejó “pisa el acelerador, no tengas miedo".

----------------------------------------------------------------------------------
La había llamado durante la noche insistentemente sin resultado.

-Seguro que viajaba con esa condenada música a tope- pensó.

Lucas no podía dormir, la cama del motel estaba desvencijada y las sábanas desgastadas. Pero lo que le quitaba el sueño era no haber podido dar con ella, no haberla avisado de que el plan quedaba cancelado. El coche estaba averiado y el móvil sin batería. Estaba atrapado en aquel sucio motel perdido en medio de la nada.

Por la mañana se levantó muy temprano. Aún no había amanecido cuando el espejo le dio los malos días. Pero Lucas estaba animado, por fin saldría de allí y la abrazaría. La abrazaría muy fuerte. Eran las 7 de la mañana cuando entró en la ciudad. No había nadie en las calles. Parecía una mañana tranquila, una mañana de sábado como cualquier otra.

Llegó al portal y llamó al timbre. Una, dos, veinte veces. Sin respuesta. Dos vagabundos lo observaban tristes desde la esquina.

jueves, 7 de junio de 2007

La Lila número seis - Lila street number six

Mornings go by in La Lila street number six. With the coffee dregs in my retina I begin my way to Las Clarisas and there I dream until the night, with white sand and green fish growing from your thirsty eyes. Why don't you lick my wounds and fill my whole stomach with plumes? The Sun printed in my pupils groans between the three walls of the circular jail.
Run, run through the narrow corridors, naïve shadow of hope, run, I have you seized by your disdainful-looking-demon's corns. Coffee, cigarrette and be-careful-that-you-appear-on-the-screen. As much as you run, I will decide when you live your cage. And you will get home exhausted and find ghosts crackling beyond the corners and also under the pillow, you already know... those are the worst.
The calmness wakes me up in the twilight. The absence of sound scares me, deaf silence of the late night. And the lack of a breath because I neither listen to mine. I am kidnapped by the coffee dregs and strangled by the microphone and my heart shouts me "I am cold, cover me with a blanket".
foto: espumeru
Las mañanas se me escapan vagabundeando por La Lila número seis. Con los posos del último café en mi retina cojo el camino de las Clarisas y allí sueño hasta la madrugada, con arena fina y peces verdes que brotan de tus ojos sedientos. ¿Por qué no me lames las heridas y me llenas de plumas todo el vientre? El sol impreso en mis pupilas gime encerrado entre las tres paredes de la cárcel circular.
-Corre, corre por los pasillos estrechos, ilusa sombra de esperanza, corre, yo te tengo asida por los cuernos de tu demonio socarrón de desdeñosa mirada. Café, cigarro y cuidado que sales en pantalla. Por mucho que corras yo decidiré cuando abandonas la jaula. Y llegarás a casa exhausta y encontarás fantasmas crepitando por las esquinas y también debajo de la almohada, ya sabes... esos son los peores-.
Me despierta la calma en el crepúsculo. Y me asusta la ausencia de sonido, sordo silencio de la madrugada. Y la carencia de un aliento porque ya ni siquiera oigo el mío. Y me secuestran los posos del café y me estrangula el micrófono y el corazón me chilla tengo frío, ponme una manta.

martes, 5 de junio de 2007

Efesios 4:26

foto: espumeru
Con la mirada turbia bajaba por la callejuela presurosa, sobre los adoquines sudorosos de madrugada. El minúsculo bolso de charol apretado contra el pecho, la mandíbula prieta y el gesto ausente de quien camina sin pensar adónde, pero con dirección inequívoca. El ritmo de los tacones acompañaba el compás de su extraña danza de puntillas.

Durante media hora apenas se cruzó con nadie, quizá algún pescador trasnochado y un par de mendigos durmiendo sobre sus duras almohadas de tinto Don Simón. Giró en la calle Jovellanos y tras una fugaz mirada al viejo reloj que apostado en la esquina había observado perenne sus idas y venidas desde niña, torció el gesto al ver que los escaparates le devolvían una sombra negra. Aquella no había sido una buena noche y su subconsciente la vistió con falda negra y camiseta a juego.

Una anciana le salió al paso, sobresaltándola Biblia en mano. A aquellas intempestivas horas, la secuestró su verborrea y, sin tiempo a percatarse, se descubrió escuchando al apóstol Pablo en Efesios 4:26 -"Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo"-. Mientras la anciana continuaba incansable su monólogo sobre los peligros que acechaban a la familia en los tiempos del cólera y la crispación, ella echó a correr sin atreverse a mirar atrás. Alcanzaba a ver de lejos el monumental reloj que coronaba la entrada a la estación de tren. Otro ojo testigo de vida.

Minutos después, al traspasar la puerta, notó como silbaba un viento aberrante. La corriente le levantó el vestido y le enfrió súbitamente las nalgas. Correteando por la estación sobre sus tacones titubeantes, probó una a una todas las máquinas expendedoras, hasta que la última exhaló una fría desesperanza. Decidió subirse al tren de madrugada sin billete, sin maleta y sin marcha atrás. Tenía que hacerlo. Los hombres de rojo iban a por él. Él se lo había susurrado. Y ella tenía que encontrarle antes. Aunque sabía que aquel era un viaje sin retorno, un trayecto de ida a la demencia.

Pensó en sus ojos para tranquilizarse y consiguió el efecto contrario. La desconcertó el recuerdo vehemente de sus inesperados vaivenes. Tan limpias eran sus pupilas en un segundo como profundamente oscuras al siguiente. El traqueteo in crescendo del tren sustituyó el ritmo de los tacones y la llevó de la mano a la duermevela. Quedaron atrás muchos apeaderos. Tres o cuatro viajeros subieron al vagón y dos o tres lo abandonaron. Entretanto, ella soñaba con la desastrosa casa de Dorotea, con los paseos en bicicleta a la orilla del río, con el jugo de gomibaya, las veladas nocturnas a la puerta de casa y las ranas escondidas en el lavabo.

domingo, 22 de abril de 2007

Semillas del paraíso

Fotógrafo: Jorge Molinero

-Yo le pongo a todo kamoun. Pero si está indecisa, llévese ras el hanout, es una mezcla explosiva. Podemos seleccionar las especias que quiera para conseguir la combinación que más le guste.

Candela bajó la mirada, turbada por la voz del comerciante. Era bastante alto, no demasiado fornido, pero musculoso, su tez era del color de la aceituna, y sus ojos, ébanos incandescentes. Durante un instante fugaz de conversación interna, no logró discernir si era el calor o la presencia de él la razón de su azoramiento.

-Creo que me dejaré aconsejar por usted, elija la combinación que más le guste, pero trate de que no sea demasiado picante. El calor que tienen ustedes aquí es infernal.

-Le pondré semillas del paraíso, para mi gusto es fundamental. Le dará un toque picante, pero muy leve.

Permanecieron en silencio durante unos minutos. Cuando el ras el hanout estaba listo y empaquetado, él alargó su brazo ofreciéndoselo. Después del obligado regateo de precios, Candela rebuscó algunos dirhams en el fondo del bolso, y al entregárselos al hombre, rozó su piel, y la descubrió más suave de lo que imaginaba.

-Tome. Llévese también un poco de kamoun, yo se lo regalo- le dijo él, y acompañó sus palabras con una sonrisa que dejó al descubierto una dentadura blanquísima, que destacaba aún más en contraste con su piel.

Asió las dos bolsas con una mano, y se quedó inmóvil frente al puesto de especias durante unos segundos. Titubeó, y cuando emprendió el paso, un grito hizo que se girara de nuevo.

-Señorita, olvida su sombrero.

Durante la noche, Candela se despertó varias veces, agitada. Antes de amanecer, ya había tomado té, había hecho la maleta y estaba preparada para salir a la calle. Sin embargo, esperó un rato para despedirse de la familia con la que se alojaba. Habían sido muy amables, y no quería irse sin agradecerles su hospitalidad.

Llegó al aeropuerto con una hora de antelación. Facturó el equipaje y se dirigió a la sala de embarque con el bolso en una mano y su sombrero de paja en la otra. Al sentarse y colocar el sombrero sobre su regazo, descubrió un trozo de papel enganchado en la cinta. Lo desdobló con mucha delicadeza, sin apresurarse. Entonces, leyó en voz alta.

Mientras el tajine cocía, comieron aceitunas de colores. Aprendieron a reir como niños, con carcajadas que hacía mucho tiempo que habían olvidado. Charlaron y disfrutaron de la comida. La canícula era asfixiante. Él preparó té y saciaron su sed, sentados en el suelo, con las piernas cruzadas y muy cerca uno del otro. Terminaron la bebida, y la conversación. El silencio y el calor tomaron la estancia. Entonces se abrazaron. Ella se sonrió y le murmuró al oído:

viernes, 30 de marzo de 2007

Dos mil noches y otros tantos días

Me acuerdo y no quiero acordarme de las cosas que olvidé decirte y los sueños que quedaron por soñar. Los días se deslizaron en un tobogán con destino a Nada, a un momento álgido de tristeza empañada en lágrimas y nudos en las gargantas, en los estómagos; y en la maleta todas las prendas enmarañadas, esperando que un centrifugado borre las huellas y el dolor de perderte y este castigo de saber que no puedo tenerte cada noche entre mis sábanas, ni intuir el brillo de tus ojos cuando rompes el silencio de la mañana.

Dejé atrás nuestro nido y nuestro gato y nuestras dos mil noches, y ni siquiera imaginas cuantas veces nos sueño en aquel coche empañado, en los bancos y los parques bajo los faroles de enero, encerrados en nuestros seis metros cuadrados, sintiéndonos fuertes y a salvo en tiempos adversos. Nos sueño en el chino, en El Quijote, tú a la sombra, yo en el sol; los dos bajo la Luna en la Malvarrosa, con la barriga henchida por los analgésicos y la sangría Don Simón. Cuidando y llorando a Benicio, bebito de pecas en el hocico. Repartiendo sacas por Aluche. Cocinando berzas mientras tú liabas incansable. Tardes en Las Ventas estudiando Derecho de la Información mientras tú acomodabas a los taurinos.

Días, noches, madrugadas. Y ahora Nada me los devuelve envueltos en niebla. Huelo, y huele a tierra húmeda, a prao. Significa que estás lejos, pisando el asfalto que tanto odiaba y que ahora sueño. Me acuerdo y no quiero acordarme: duele.

miércoles, 21 de marzo de 2007

Roma

Nos agarramos ambos a aquel clavo ardiendo que fue Roma y nuestro último encuentro. Más que encuentro, fue búsqueda: senda de vericuetos tratando de adivinar entre las siete colinas dónde tú te escondías, dónde yo te buscaba.

Ni las laberínticas calles del barrio del Borgo me hicieron perder la templanza, sólo me dolió evocar a ratos tus muros insalvables, aquellos silencios tuyos que alimentaron mi rabia.

Se nos resquebrajaban los días cuando te escribí aquella desesperada misiva, ofreciéndote un plan Z, descabellada intentona de encontrarnos en lugar ajeno a los vicios nuestros. Quizá redención de las rutinas que nos fueron ganando los días. Debíamos encontrarnos en una suerte de farol adivinatorio, la empatía que quizá nunca tuvimos tenía ahora en su mano el fin de nuestro pequeño y particular melodrama.

Te busqué en los recovecos del Coliseo, igual que cuando trataba de encontrar los huecos de tu alma. Luego vagué de fuente en fuente, convencido del milagro purificador del agua. En Trevi cerré los ojos y vacié mis bolsillos, una moneda tras otra, con la esperanza vana de encontrarte tras la primera esquina.

Caminé incansable: el Quirinale, la iglesia de San Andrea (siempre te gustó Bernini), Piazza Barberini, la fuente de la concha, Piazza di Spagna… Un pitido en mi reloj indicó el fin de nuestro plazo. Veinticuatro horas después de bajar del avión seguía en Roma. Y seguía solo.

Cuando desfallecido me dejé caer sobre los húmedos adoquines del Campidoglio, descubrí tu silueta en la otra punta de la plaza, asomada a los Foros. Y comprendí que era demasiado tarde. Y me alejé arrastrando los pies sin decirte nada. Entonces súbitamente se repitió aquel chaparrón… sí, era el mismo, aquel que prolongó nuestro primer encuentro, el que nos trajo hasta Roma para decirnos adiós.

lunes, 12 de marzo de 2007

Nem branco nem preto

Tras su ritual de café y radio, salió a la calle. Después de una fugaz visita al quiosco –donde hacía tiempo que sobraban las palabras, reduciéndose su relación con el quiosquero a un mero intercambio mecánico- se dirigió al parque, periódico en mano, para leer un día más la actualidad bajo los tímidos rayos de sol propios del mes de enero.

Pero cual fue su sorpresa al descubrir a lo lejos un bulto que ocupaba el banco en el que no había dejado de sentarse ni una sola mañana desde hacía cinco años, desde aquel “antes y después” que le supuso la jubilación. El ritual que desde entonces le mantenía joven se vio de pronto seriamente amenazado. Escudriñó la vista en un intento de reconocer qué o quién era ese intruso que le había robado su sitio bajo el sol y entre los abedules del parque.

Un negro. Y, a los pies del negro, una manta.

Se quedó de pie, mirando al negro. Mirando a la manta. Dudó unos instantes. No se atrevió a acercarse, así que, sin saber adonde dirigirse, terminó por dar marcha atrás hacia su casa. Esa mañana leyó el periódico en su salón comedor, pero era la inercia y no él quien pasaba las páginas. Leyó y leyó sin asimilar ni una sola de las palabras sobre las que posaba sus ojos. Tenía la cabeza nublada. Un negro robabancos le había desafiado, rompiendo su apacible rutina, y él no encontraba respuestas. Cuando llegó a la última página del periódico, dio un puñetazo en la mesa: había decidido el contraataque para recuperar su feudo arrebatado.

A la mañana siguiente, levantarse le costó más esfuerzo del habitual. El despertador sonó una hora antes. Sonrió a pesar de que el sopor le ganaba la batalla por momentos. Café, radio, y una mirada extraña del quiosquero, que tras su visita, comprobó en su reloj la hora.

De nada sirvió tanto esfuerzo. Había perdido la segunda batalla, y por partida doble. Dos negros compartían esa mañana el banco que él tan bien conocía. Sintió al verlos que empezaba a echar de menos la madera desgastada de lo que un día fue un castaño, y que hoy, transformado en un improvisado libro de visitas, guardaba un sinfín de recuerdos tallados.

Los negros reían, ajenos al dolorido corazón del jubilado. Apenas comprendían el idioma de este país, mucho menos las costumbres de un anciano que disfruta cada mañana de su periódico bajo el sol.

Pasaron los días, y los bancos del parque fueron poco a poco colonizados por más y más negros, que con sus mantas a los pies, pasaban las jornadas reunidos a la espera de clientes.

Los jubilados hicieron finalmente frente común al quedarse sin lugar donde pasar sus largas mañanas al sol. El parque se dividió desde entonces en una marea negra de la que manaba una lengua extraña, y un grupo ingente de jubilados organizados que trataban de desentrañar los misterios de la vida de esos que aparecieron de repente, y que tanto llamaban su atención.

La polémica por la falta de bancos disponibles se convirtió a las pocas semanas en asunto público y llegó al Consistorio, donde el alcalde, perplejo, se vio obligado a tomar cartas en el asunto. Ni la Ley de la Hora, por la cual el que llegaba el primero tenía derecho a ocupar el banco durante la jornada, ni la medida urgente de doblar el número de bancos de la ciudad (que, dicho sea de paso, provocó la ira de los ecologistas, que ya hablaban de urbanización salvaje de suelo público), consiguieron frenar la brecha que se abría entre negros y jubilados (apoyados estos últimos por el resto de ciudadanía blanca que, a pesar de no utilizar los bancos del parque, los sentían suyos). Nunca antes se habían valorado tanto las tardes de invierno al sol.

Antes de dimitir, el alcalde promulgó un último edicto. Desde aquel día, la mitad de los bancos de la ciudad fueron de color blanco, y la otra mitad, de color negro. Se gastaron toneladas de pintura. Se contrataron centenas de cuadrillas de pintores –todos blancos-. Por supuesto, una multa desorbitada esperaba a los que, atrevidos, osaban sentar sus posaderas sobre el color equivocado. Para los ciegos se instalaron señales sonoras que indicaban el color del que estaba pintado el banco en cuestión.

Y así pasaron los años, mas no sin polémicas: unas bandas clandestinas se camuflaban en la noche para pintar de negro los bancos blancos, mientras otras encalaban a su vez, amparados en la oscuridad, los bancos negros.

Sin embargo, la crisis no estalló hasta que la comunidad china, cuyo número iba en aumento, reclamó asientos públicos amarillos, al no saber dónde debían ellos sentarse. La ciudad, desde entonces, es la primera del mundo en la que han desaparecido los bancos en los parques.

miércoles, 14 de febrero de 2007

Ex nihilo nihil fit

Nos encontramos hace meses en aquel sueño, ¿recuerdas? Esta noche hemos vuelto a coincidir en el bar de siempre, tan real como La Bodega, pero con mucho más encanto. Hemos bebido cerveza. Fría, con gotitas de rocío resbalando por el cristal. Pasamos un buen rato compartiendo susurros, mientras yo jugueteaba con la etiqueta de la botella, dibujando estrellas en el papel dorado y pegañoso.

Luego caminamos por la tienda de antigüedades de aquella mujer china. Sí, hombre, sí, la tienda en la que solíamos refugiarnos del incansable sol de Marruecos. No había vuelto a pensar en este lugar desde la última vez. Tú también estabas entonces. Recuerdo que mientras recorríamos los pasillos rebosantes de objetos, me decías al oído "no deben saberlo". Y, una vez más, la mujer china nos preguntó, en lo que yo creí un déjà vu circular, si nos interesaba comprar un paragüero.

Esta noche, el papagayo estaba verde, ¿te fijaste? Seguía en el escaparate, su pose irreverente desafiando el paso del tiempo. Quizá por él no pasen las horas ni los minutos ni los segundos ni los sueños, pensé cuando volví a verle. Lo conozco desde que era una nena. Me ayudó a dormir en las primeras noches de miedo. Desde entonces, sigue en el mismo escaparate de la tienda china de antigüedades. Cambia de color (en ocasiones he llegado a presenciar la transformación) y nunca he comprendido sus motivos: él no necesita camuflarse.
Anoche cuando dormía/soñé, ¡bendita ilusión!/que una fontana fluía/dentro de mi corazón, me recitaste. Habíamos salido ya de la tienda. Y pensé en las matrioskas, unas dentro de otras. Empecé a marearme y sentirme desorientada. Sabía que esto significaba que llegaba el punto y aparte. Cuando me giré, caminabas ya lejos. No quise despedirme.

martes, 13 de febrero de 2007

El gato en el sillón


Aquel amanecer le estaba costando un esfuerzo inmenso abrir los ojos, sentía plomo en sus párpados. Pero una visión desconcertante la despertó de inmediato. Como si le hubieran vertido un jarro de agua fría, se sintió alerta al instante.

Un gato atigrado de un intenso color naranja la observaba inmutable desde el sillón que ocupaba la esquina del dormitorio. Tras unos segundos de desconcierto, se acercó a él muy despacio, temiendo a cada paso que el felino reaccionase de forma violenta.

¿Cómo habría llegado hasta allí? Quizá por alguna ventana, aunque creía recordar que las había cerrado a cal y canto la noche anterior. La revisión de las ventanas fue la primera medida que decidió tomar. Resultó que todas estaban cerradas, como ella recordaba, y la puerta, con el pestillo echado. Aquello se le antojó imposible. Volvió al dormitorio, y el gato anaranjado seguía en el sillón de la esquina. La miró fijamente y maulló.

Tenía que estar en el trabajo en media hora, así que decidió dejar al gato en casa, y resolver la situación por la tarde. Quizá cuando ella regresara, el gato se habría marchado por el mismo sitio por el que logró entrar.

Esa tarde llegó a casa más pronto que ninguna. Se frotó los ojos con incredulidad cuando comprobó que el gato seguía en el sillón. Había cambiado de postura, y descansaba enroscado con la cabeza escondida. Ella estaba hambrienta, y mientras preparaba la comida, pensó que quizá él también lo estaría. Abrió una lata de mejillones, y llenó una taza con agua templada. Intentó recordar si los gatos bebían leche. Se decidió por el agua. Ella abrió una cerveza.

Por extraño que pareciera, el gato no probó bocado. Ella abrió entonces una lata de atún, la cual no dio ningún resultado. El animal no reaccionó tampoco al olor de los calamares, ni de las sardinillas. Ella sació su hambre, y se puso a leer. De vez en cuando, levantaba la vista para comprobar si el gato seguía allí.

Tras varios días, la presencia del felino ya no le era extraña. Más bien al contrario, se había convertido en compañero silencioso de ojos verdes y maullido de despedida.

Pasaron los meses raudos, aunque sigilosos. El gato permaneció en el sillón de la esquina semanas y semanas, ella terminó por convencerse de que se alimentaba del aire. Una mañana, al despertar, no encontró al gato cuando levantó la mirada. En su sillón, encontró tan solo pelusa anaranjada y el hueco con la forma del cuerpo del animal. Salió a la calle desconsolada por la pérdida de su amigo. Al salir del portal, su cuerpo chocó violentamente contra un hombre alto, ella miró hacia arriba para disculparse y, al hacerlo, descubrió una mata de pelo pelirroja y unos ojos almendrados la miraban al tiempo que le decía: "tenía muchas ganas de hablarte".
Imagen: Pablo Picasso, "Gato devorando un pájaro"

lunes, 22 de enero de 2007

Prados ya es mamá

La osa mayor

da teta a sus estrellas

panza arriba:

gruñe y gruñe.

¡Estrellas niñas, huid;

estrellitas tiernas!



Federico García Lorca


lunes, 15 de enero de 2007

...

Se levantó fatigada. La niebla, otra vez.
Ni las nubes ni la sensación de ahogo desaparecieron en todo el día.
Y una vez más, no hubo un ¿qué tal?
Mañana Sol, por favor.

lunes, 8 de enero de 2007

Curro

Cada noche, Curro salía a pasear con él. A pesar de la lluvia, de los partidos de Champions, o de la visita de la suegra: cuando la jornada tocaba fin, a la misma hora, Curro paseaba con él, ya entrada la noche. Juntos recorrían siempre la misma manzana de aquella ciudad gris. En silencio. Entre ellos, sobraban las palabras. Hasta que una oscura noche lluviosa, él apareció solo, refugiándose en un viejo paraguas. Se paró en cada esquina, con el movimiento mecánico, adquirido por la repetición de la costumbre. Con sus pies ya empapados, avanzó unos pasos y miró atrás, buscando a su pequeño Curro, que solía olfatear cada farola con detenimiento, mientras él, paciente, observaba su ritual. Pero aquella noche Curro no estaba. Y no volvió a acompañarle en aquellos paseos nocturnos. Él siguió recorriendo la misma manzana cada noche de tormenta. Bajo la tempestad, veía a Curro. Y sus lágrimas eran lluvia.

miércoles, 3 de enero de 2007

Por quién doblan las campanas

Nadie es una isla, completo en sí mismo, cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra, si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti.
John Donne, "Meditación XVII", Devotions Upon Emergent Occasions, 1624

martes, 2 de enero de 2007

...

Entras en el bus, una vez más. El dolor se columpia en mi pecho. Sensación de sobra conocida, pero inevitable, el nudo en la garganta sustituye a tu abrazo y tu aliento en mi cara. Te busco desesperada con la mirada, pero los cristales ahumados del autobus no me dejan localizarte entre la masa. Por fin, pegas tu cara al cristal y te veo por última vez, tirándome besos a mansalva. Y entonces sé cuánto te quiero y cuánto me quieres tú a mí, y es que lo nuestro ya no tiene remedio.

domingo, 12 de noviembre de 2006

...

Los faroles taciturnos me esperan por la noche. Me gusta esconderme en su neblina al volver a casa. Pero me sobra la cama enome, y me falta la cuna estrecha de tus brazos.